Las puertas del armario de papel se corrían cada noche y cada mañana para deslizar sobre el tatami hacia fuera y hacia adentro el futón. La tele, sobre todo por las mañanas, no sonaba igual.
Los pasos de la gente por la calle, el ruido de los coches. No eran los de occidente. Los reclamos publicitarios sonoros de las tiendas en las avenidas no dejaban indiferente a nadie (aunque pudiera parecerlo). El metro. Menos luz. Nido de sonidos. El hormiguero de gente que subía y bajaba. Los trenes que entraban y salían. Las puertas que se abrían y se cerraban como guillotinas. Y el silencio del interior del vagón. Creo que respiraban… a menudo roncaban.
Y otra vez fuera, el estruendo. Había quien utilizaba megáfonos para llamar la atención. Ahora sé que nadie se salva de tener algo que decir. Aunque sea cantando. Karaoke, la orquesta vacía. Pero llena de ganas de rellenarla.
Y yo perdidamente encontrado en mi mapa de los sonidos de Tokio…



