
Formentera está rodeada de horizonte. Es plana, baja. Cálida. Te invita a dejarte llevar, a juntar tu tierra con la suya. A compartir su horizontalidad.
Y es así como la sientes especial. Cuando te hace sentir especial. Cuando, frente a cualquiera de sus horizontes, se te desmorona el mundo. El que tú habías ido creando hasta ahora y en el que no le habías dado tanta importancia al horizonte.
El Sol es el único que se atreve a cortarlo. De hecho es el único que tiene ese poder. Y ahora que lo hace por segunda y última vez en el día, no puedo más que rendirme nuevamente, y aún con menor resistencia, a esta isla que me ha ayudado a entender que lo único que de verdad merece la pena vislumbrar en el horizonte es el Sol.
Y lo demás está fuera de lugar…


