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CATEGORÍA: Crí­tica

     Como los perros que tiran del trineo más cargado. Como el profesor que da clases a alumnos desinteresados. Como el butanero sin propina que sube la bombona hasta el quinto. Como la madre que alimenta a su bebé que no deja de escupirle la comida. Como el hombre en un baile por parejas. Como el médico de guardia en un día festivo. Como la enésima bola consecutiva que no tira ningún bolo. Como el cocinero de un festín que se queda sin comer. Como la hermana de la caridad que llora desconsolada.

Y todo por todos…

     Existe la profesión de prostituta pero no es de esas putas de las que hablaré esta noche. Apelo a esas putas que somos todos como ví­ctimas de nuestra condición humana. Me refiero a las putas más dañinas, de las que nadie se salva. Puedes ser domador o domado… pero siempre afectado.
     Son las putas que te camelan y engañan, te hieren y hasta te dejan al borde del precipicio. Son putas de calidad en su tarea independientemente de su economí­a. Son putas de apariencia más o menos inteligente pero siempre efectivas. Putas que no saben lo putas que son. Pero lo son. Putas o muy putas, pero putas.

Y al final la puta es la menos puta…

     Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico dí­a llueva de pronto la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
     Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
     Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
     Que no son, aunque sean.
     Que no hablan idiomas, sino dialectos.
     Que no profesan religiones, sino supersticiones.
     Que no hacen arte, sino artesaní­a.
     Que no práctican cultura, sino folklore.
     Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
     Que no tienen cara, sino brazos.
     Que no tienen nombre, sino número.
     Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
     Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

“El libro de los abrazos”, Eduardo Galeano

     Sólo hay un sitio en el que la edad media de los asistentes se aproxime tanto a la de un centro de la tercera edad: un ambulatorio. De hecho podrí­an ser casi sinónimos si no fuera por el diferente destinatario de los visitantes de menor edad que entran en el centro.
     El olor a productos esterilizantes se mezcla con los pacientes que esperan ser esterilizados aunque sepan que poca esterilización les queda ya más que la que la propia naturaleza les ha brindado al llegar a cierta edad. Con movimientos lentos, intentan hacerse paso rápidamente entre los demás. Con el aspecto de no entender nada, intentan demostrar todo los conocimientos adquiridos durante su largo currí­culo. “Bueno, pues ya hemos hablado un rato… Total, no tenemos nada mejor que hacer…”, le dijo uno a otro cuando quiso cerrar la primera conversación que habí­a empezado espontáneamente con aquel desconocido.
     Pero no he venido aquí­ para hablar de mi futuro ni el de los demás ciudadanos en edad de merecer. Este es el ambiente general de un escenario en el que ocurren muy diferentes historias. Una podrí­a ser la siguiente: llega un individuo (pongamos que se trata de un individuo cualquiera) y pide un hueco para poder ser atendido a la mayor brevedad posible con tal de recuperar el 50% del sentido del oí­do, puesto que se queja de no oí­r nada desde hace ya dí­as con el oí­do izquierdo. Consigue que le prometan que en algún momento su nombre será pronunciado para que alguien intente encontrar solución a su problema.
     Espera. Nuestro individuo cualquiera espera. Espera y mira a su alrededor. Espera y lee. Espera y habla por teléfono. Espera y observa su alrededor. Espera. Sigue esperando. Espera y manda un mensaje. Espera y sigue leyendo. Espera y finalmente es llamado. Después de esperar durante horas habla con el doctor en una prácticamente unidireccional conversación de a penas un minuto de duración y cuya conclusión es “durante las tres semanas y media que faltan para que el otorrinolaringólogo te atienda, metete un clip en el oí­do y hurga”.

Y luego dudan de los remedios de Txumari Alfaro

     Existe un doctor japonés encerrado en una especie de libro electrónico que me habla del ejercicio. í‰l se centra sobre todo en ejercitar el cerebro y a menudo me da lecciones sobre cómo trabajar más el cortex prefontal y ciertas zonas y lóbulos que conforman lo que viene a ser nuestra materia gris.
     El Doctor Kawashima me cuenta que la edad cerebral idonea es la de una persona de 20 años (supongo que entendiendo que se trate de un joven de esta edad que aproveche al máximo sus posibilidades). También dice que el ejercicio mental diario consigue que nuestro cerebro se mantenga en forma y, por tanto, que actuar pasivamente al respecto hace que el mismo pierda su agilidad y buen estado. Serí­a algo así­ como el acudir regularmente al gimnasio y sus resultados positivos para el cuerpo.
     Yo a mi amigo Kawashima al principio no podí­a tratarle sino con cierto grado de ingenuidad. No se trata de saber sumar y restar, multiplicar, dividir, contar, concentrarse, memorizar, esquematizar y demás. Se trata de ir a contracorriente en el inevitable rumbo de la vida, envejecer. Pero, oye, el tiempo me ha demostrado que esta asalmonada técnica es válida y, más aún, efectiva. Ya no se trata de todo eso, si no de tener mejor base, ganar confianza, ser más ágil y dinámico y todo esto aplicado al dí­a a dí­a, al momento a momento. Y así­ incluso llegaremos a que nuestro cerebro sea más joven de lo que lleva vivido nuestro cuerpo.

Dr. Kawashima, ¿y con el cuerpo qué hacemos?