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MES: 01/2010

De tanto ver la luz hemos perdido
la recta proporción de ese milagro,
que otorga a la materia su volumen,
contorno fiel al mundo que queremos
y límite a los puntos cardinales.
A fuerza de costumbre, hemos dado en creer
que es un merecimiento, cada día,
que el día se levante en claridad
y que se ofrezca límpido a los ojos,
para que la mirada le entregue un orden propio,
distinto a los demás, y lo convierta
en nuestra inadvertida obra de arte.
Hay una ingratitud consustancial
al hecho de estar vivos, un intrínseco
poder de desmemoria, y nos impiden
brindar a cada instante el homenaje
que cada instante de verdad merece,
por su absoluta magia de estar siendo,
en vez de no haber sido en absoluto.
Con cada amanecer dubitativo,
con cada tumultuoso amanecer,
la luz arrasa el reino de la noche
y emprende su combate. En el confuso
magma de oscuridad, con cada aurora
triunfa la exactitud de cuanto existe
sobre la vocación de incertidumbre
que tienta con su nada a lo real.
En toda madrugada se renueva
un conjuro de origen, esa fórmula
que impuso el movimiento al primer día.
Somos testigos, en el alba pura,
del trono en que la luz alza su reino
y lo concede intacto a cualquier súbdito.
Conviene contemplar la luz con más paciencia,
brindarle una atención encandilada,
el sumiso homenaje con que un bárbaro
descubre reverente en su aventura
la tierra que jamás ha visto nadie.

Carlos Marzal, en “Metales Pesados” (2001)…

     Te cortaría las alas para demostrarte que con los pies en la tierra también se puede volar. Absorbería todo el humo dentro de ti para demostrarte que sin él las palabras y sus ideas incluso fluyen mejor. Te lavaría las manos, te frotaría cada esquina de tu cuerpo para convencernos de que estás más limpio que nunca. Conquistaría tu mundo, conviertiéndome en tu rey, para gobernarlo desde la realidad.
     Lo haría tanto por ti como por mí. Lo haría si me sintiera capaz. Lo haría si estuviera seguro de su utilidad.

Lo haría todo si pudiera olvidar

     Tengo un pellizco en una esquina esperando a los dedos que lo apreten. Tengo ya la marca del bocado de una boca que aún no se ha abierto para tal enmienda. Tengo guardadas las ganas que yo mismo me robé y las protejo contra cualquier tentador malgasto. Tengo hasta hambre, el hambre de una carne que aún no está en su punto para ser dispuesta.
     Tengo las venas repletas, en una circulación constante y melódicamente rítmica. Tengo los ojos dispuestos a realizar cualquier tipo de tarea incluso con el mínimo haz de luz. Incluso están dispuestos a participar con los párpados cerrados.

Tengo lo que tengo y empiezo a tener mucho más…

     Que llueva así es por ti, por tu indiferencia hacia el acto en sí. Porque hasta el cielo reclama tu atención, esa que sólo das dependiendo de la ocasión y aparentemente de forma aleatoria.
     Quiero entender tus motivos y tu razón. Quiero saber por qué ni tanto agua te obliga ni a la más leve reflexión. Nada de lo que sucede a tu alrededor es casual y tú con lo único que contestas es con dejarlo pasar.
     Y seguirá lloviendo, y no quisiera que esto llegara a ser un mar. Pero si lo fuera estaré preparado porque sé que no me salvarías. A penas te esforzarías por salir a flote y yo en cambio sólo sería un naufrago más.

Y por ahora no para de llover…

     Un día más de decapitados en busca de cabezas que remplacen las caídas. Grandes, más pequeñas, calladas, del revés, coronadas, descuidadas. Hasta el punto de que todas lleguen a ser potencialmente válidas. Que la cabeza es lo único que importa cuando se pierde y conseguir encontrarla supone un gran esfuerzo. Una utopía por tanto desear una propia, otra de repuesto y otra para pasar el rato.

Mientras que no sepa la mano derecha lo que hace la izquierda…