PERSONAL BLOG FOTO VÍDEO ESCAPARATISMO ILUMINACIÓN OTROS
MES: 09/2009

     Me dijo que el enamoramiento era una forma más de enajenación humana. Aún lo recuerdo. Me sonó a locura, y más viniendo de una persona presuntamente cuerda [luego me di cuenta de que nunca había conocido el amor y que tampoco era una persona demasiado sensata].
     Y ahora me pregunto si estoy loco. Y ahora se preguntan si están locos, si lo que hacen tiene sentido. Y ahora todos nos preguntamos si estamos locos o hasta qué punto podemos estarlo. Y no tengo otra contestación que, sí, que todos lo estamos.

Que, en realidad, el más loco de todos es el que menos lo esté…

     Que estamos supeditados a lo que nos rodea. Que este edificio podría venirse abajo ahora mismo, en unos minutos o en cuestión de días. O resistir por los siglos de los siglos. Que no todo depende de mí ni ni siquiera de que sumemos fuerzas estando juntos. Que si esto se derrumbase, nos derrumbaríamos con ello sin opción a haber elegido otra posibilidad.

Al menos podríamos intentar estar preparados…

     Estoy mojado, empapado, de la misma lluvia que ha enloquecido a esta ciudad. Pero no lo consigue conmigo. No quiero pensar que fuera lo que necesitaba pero creo que hacía demasiado tiempo que no valoraba los techos. Todos esos arriba, abajo o a un lado que te protegen incluso cuando ya estás mojado. Porque nunca es demasiado tarde como para saber aprovechar nada.

Y mejor con cordura…

     Las puertas del armario de papel se corrían cada noche y cada mañana para deslizar sobre el tatami hacia fuera y hacia adentro el futón. La tele, sobre todo por las mañanas, no sonaba igual.
     Los pasos de la gente por la calle, el ruido de los coches. No eran los de occidente. Los reclamos publicitarios sonoros de las tiendas en las avenidas no dejaban indiferente a nadie (aunque pudiera parecerlo). El metro. Menos luz. Nido de sonidos. El hormiguero de gente que subía y bajaba. Los trenes que entraban y salían. Las puertas que se abrían y se cerraban como guillotinas. Y el silencio del interior del vagón. Creo que respiraban… a menudo roncaban.
     Y otra vez fuera, el estruendo. Había quien utilizaba megáfonos para llamar la atención. Ahora sé que nadie se salva de tener algo que decir. Aunque sea cantando. Karaoke, la orquesta vacía. Pero llena de ganas de rellenarla.

Y yo perdidamente encontrado en mi mapa de los sonidos de Tokio…

     En este pequeño habitáculo, oscuro y siempre circunstancialmente falto de limpieza, me río. Me río de todo lo que ocurre ahí abajo. De cómo insistimos en jugar a esto que se atreven a resumir con sólo cuatro letras. De cómo perseguimos constantemente ganar la partida lanzando una y otra vez los dados, que seguramente nunca nos darán la combinación perfecta. Pero seguimos lanzándolos una y otra vez, incesantemente, porque es precisamente en eso en lo que consiste el juego.

Y mientras ahí abajo la partida sigue…