La soledad es sin duda la mejor compañera. Junto a ella no te sientes solo, dialogáis y además compartís valiosos silencios de esos que, lejos de ser molestos, son más que necesarios. La soledad te ayuda a relacionarte con sus viejos conocidos. Esos que están casi por doquier y siempre a tu disposición. Esos a los que nunca recuerdas llamarles aunque sea para pasar un rato.
Es el viento y su melodía al jugar con estas hojas ramificadas por las que trafican insectos que a veces, al llegar a tu altura, se sorprenden de que algo como tú esté ahí. Es el sol que se cuela por cualquier rincón buscando algo frío por calentar. Es el mar, sus olas y su espuma al contacto con las rocas a las que le da forma. Es todo lo que pasa aquí y lo que puede pasar.
Y ahora dejo en esta isla a la soledad frente al mar y vuelvo a la ciudad y a su teatro de naturalidad. Rodeado de gente desconocida, de otros que parecen ser mi familia y otros que insinúan estar encima mía. Estos, esos y aquellos.
Y entonces es cuando de verdad existe el peligro de estar solo…



