Suelo desear ser inocente sin ser consciente del nivel al que ya he llegado a serlo. No hay que confundirlo con mi nivel de inteligencia, ni ni siquiera con mi grado de ingenuidad.
Mi triste y coherente inocencia se basa en otros parámetros, caracterizados básicamente por su propio caracter indefinido. Y, eso es, si hablamos de indefinidos ya nos estamos acercando a la conclusión básica y principal tallo del que nacerán todas las demás.
Sí, no puedo evitar seguir queriendo “ser inocente, prácticamente inconsciente”, pero de repente siempre llega alguien que sólo con mirarte y poco más te recuerda que esa es la dirección contraria. Y es entonces cuando tienes que elegir entre la inocencia y la valentía, las dos caras de la misma moneda.
Nos somos nadie…


