Así­, casi por sorpresa, me llegó ese masaje, ese cosquilleo puntual y concreto que en otras circunstancias habrí­a podido suponer incluso un comienzo de excitación. Pero de repente intenté esquivarlo y, más aún, lo conseguí­.
     En cuestión de un instante me di cuenta y me vino un pensamiento tajante: “¿Y ahora qué?”. Así­ entendí­ que realmente no era molesto, que habí­a reaccionado de esa manera por simple inercia y, lo peor y más desesperante de todo, que no serí­a yo quien decidiera que volviera esa especie de placer que habí­a rechazado.
     Entonces me quedé a la espera y en esa espera quizás hasta llegué a desesperar. Porque no tení­a lo que en ese momento querí­a y no lo tení­a porque yo mismo era quien habí­a decidido no querer tenerlo. Qué estupido. Recapacité y pensé que si volviera lo aprovecharí­a y no volverí­a a mostrarme reacio a ello.
     Y esperé más. Y esos instantes duraron siglos. Pequeños siglos hechos de segundos y segundos de duración relativa. Y volvió. Y volví­ a sentir ese masaje, ese cosquilleo, esas ganas de que se apoderara de mi cuerpo entero de forma desmedida, intemporal y a pesar de que no fuera yo el que tuviera el control original de ese placer, que, de cualquier manera, ya siempre serí­a un placer que en un momento rechacé.
     Y lo que ocurrió fue mi merecido. Intermitencias ajenas de algo personal. Idas y venidas entre intentos de retenciones fallidas. Y más segundos dilatados y más esperas culminadas con grandes placeres justo antes de la siguiente nueva espera.

Son los placeres rechazados de los cuerpos voladores…