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MES: 08/2008

     Al fin parece que pretenda deshacerme de estos vací­os que de alguna manera también me llenan. Estoy dispuesto a desechar estos llantos y risas enlatadas de los que me sirvo cuando me siento tristemente feliz o a la inversa.
     Esta vez ya no hablo de evolución. No se trata de un paso más. Hablo de revolución. Mi propia revolución personal para la que me siento con coraje suficiente como para actuar entre estos sueños que aún consiguen reanimarme. Es la reorganización del sistema, del que me hace ser así­ o asá, del que dependo para lo que quiero y con quien consulto lo que no quiero.
     Hoy veo borroso pero esta vez los motivos son distintos. Admito y asumo que no veo claro el futuro quizás por la todaví­a imbatible inseguridad, quizás por la distancia o quizás es que no haya abierto los ojos aún del todo pero, sí­, hoy la palabra que se me antepone a todo es tan revolucionaria que no me cabe en la boca ni la escribo con estas manos porque es imposible de expresar. Pero existe. E irónicamente existe en estas manos y en esta boca.

Y el que avisa no es traidor…

     Hay quien huele como huele la lluvia. Como huele la tierra cuando sabe que va a ser mojada. Hay quien penetra en uno por los sentidos que creemos menos útiles y así­ te auspicia algo que sabes que será bueno si te preparas para ello. Como cuando el cielo anuncia tormenta y entiendes que tienes que actuar en consecuencia.
     Porque sí­, la lluvia moja y no siempre es agradable estar humedo cuando las circunstancias no son las mejor acondicionadas. Pero es cierto que a veces te llena ver llover y alegrarte de poder estar seco a pesar de todo. O, mucho mejor, ver llover y sentir que quieres participar en el chubasco como si fuera un juego infantil al que se puede jugar totalmente solo, con cualquier edad y evadido del resto alrededor.
     Entonces cuando vuelva ese olor a lluvia antes de que caiga una nueva tormenta, de forma casi inconsciente recordarás los momentos en los que la lluvia te ha aportado todas esas sensaciones en las que eras tú acompañado de algo tan impersonal como es el hecho de que caiga agua del cielo. Algo originariamente natural que despertó lo más originariamente natural en ti. Y todo eso incluso antes de que la lluvia llegue.
     Y así­ es la gente lluvia. La que te da un aviso que ya te transmite sensaciones completas sólo con cierta alusión a experiencias compartidas. Incluso sin estar presente. Sin tener la certeza de que en algún momento vuelvan. Y sin saber si, en ese caso, elegirás permanecer protegido y seco o te implicarás tanto como para terminar empapado.

Todo por un olor…

     Erase un joven de pies sucios y desgastados. Su triste mal era consecuencia de su inevitable necesidad de no parar. í‰l se sentí­a obligado a estar en un continuo movimiento de por vida ya que, en caso de detenerse un instante, ocurrirí­a lo peor. Basándose en alguna que otra experiencia personal, habí­a interiorizado por sí­ mismo que un instante desaprovechado en su camino le anularí­a hasta extremos insospechados con los que no querí­a tener que verse la cara por miedo a no poder salir de ellos.
     Y así­ Pies Sucios avanzaba sin descanso. A veces agotado pero siempre en activo. Incluso llegaba a sentir lo que él entendí­a por felicidad y hasta en algún momento llegó a pensar que habí­a alcanzado un nuevo pico de alegrí­a que hasta entonces no habí­a descubierto. Y es esta evolución la que más afectaba a su terrible desgracia.
     Avanzaba y querí­a más y el listón cada vez era más alto y al final, lo que antes era movimiento suficiente como para contrarrestar el temido hieratismo, ya tampoco le saciaba. Y así­ la idea objetiva de movimiento dejó de ser movimiento y estalló en mil variantes según la necesidad de Pies Sucios. Lo que antes entendí­a como avance ahora le aportaba lo poco que en su momento le ofrecí­a la pasividad absoluta.
     La historia de Pies Sucios no acabará nunca. El seguirá avanzando con más y más í­mpetu hasta ese destino que aún no conoce ni conocerá ni siquiera en el momento en el que lo alcance (si es que lo consiguiera). Sus pies sucios siempre sufrirán incluso más que él mismo en su eterna huida hacia adelante. Y él, por su parte, seguirá chafando, caminando, corriendo o saltando a pesar de todo y de sus consecuencias. Porque quizás algún dí­a consiga volar…

Pero a Pies Sucios siempre le quedarán los pies sucios que le dan su nombre…

     Más que respeto a enfrentarse al blanco, es el negro quien me impone en mayor medida. Porque el silencio es fácil de romper por estúpida que sea la intervención pero intervenir en el ruido no siempre trae buenos resultados. Al igual que llenar lo vací­o no es lo mismo que rellenar lo que ya tiene contenido.
     Este post podrí­a ser un ejemplo de lo que hablo, porque quizás no sepa tan bien de qué hablo, pero al menos lo intento. Hablo de aportaciones a lo que ya existe. Contribuciones que quizás sean gratuitas. Intervenciones y sus estilos y grados. Hablo del desinterés frente a la inquietud por romper la linealidad y así­ seguir en paralelo o incluso ofrecer la perpendicularidad. Hablo de todo esto y de todo lo demás.

Y además hablo de hacerlo con éxito

- ¿Sabes? Decí­as que tení­a miedo, Michelle. Y es verdad, tengo miedo porque me gustarí­a que me quisieras. Y al mismo tiempo, no sé, me gustarí­a que no me quisieras más. Soy muy independiente.
- Pero yo te quiero y no como tú te piensas.
- ¿Cómo?
- No como tú te piensas.
- Tú no sabes lo que pienso. No lo sabes.
- Sí­
- No, es imposible. Me gustarí­a saber qué hay tras tu rostro. Lo miro 10 minutos y no veo nada, nada, nada. No me entristece pero me da miedo.
- Gentil y dulce Patricia.
- No…
- ¡No! Entonces cruel, idiota, despiadada, lamentable, cobarde, despreciable…
- Sí­, sí­… Sé lo que quieres y me da igual. Lo voy a escribir todo en mi libro.
- ¿Qué libro?
- Estoy escribiendo una novela.
- ¿Tú?
- ¿Por qué no puedo? ¿Qué haces?
- Quí­tarte el jersey…
- Ahora no Michelle.
- Oh, qué pesada… ¿qué pasa?
- ¿Conoces a William Faulkner?
- No, ¿quién es? ¿Te has acostado con él?
- ¡Pues no tonto!
- Entonces me da igual. Quí­tate el jersey.
- Es un escritor que me encanta. ¿Has leí­do Les Palmiers Sauvages?
- Te he dicho que no. Quí­tate el jersey.
- Escucha. La última frase es preciosa: “Between grief and nothing. I will take grief“. Entre la pena y la nada, elijo la pena. Y tú, ¿qué elegirí­as?
- ¿La pena?, que tonterí­a. Yo me quedo con la nada. No es mejor pero la pena es un compromiso. Es todo o nada. Ahora lo sé. Basta. ¿Porqué cierras los ojos?
- Intento cerrar los ojos fuertemente para que te pierdas en la oscuridad. Pero no lo consigo. Nunca desapareces del todo.
- Tu sonrisa. Cuando la veo… es lo que mejor tienes. Eso eres tú.

- ¡Eso soy yo…!