Despertar para viajar. Limpiarse por lo que vendrá. Coche, movimiento, sol, música, compañía. Llegar. Calor. Más compañía. Bebida. Bebida. Y comida.
Caminar y su movimiento. La compañía ya exagera y el espacio mengua. La bebida ya sólo es líquido. Los líquidos se derraman. Entran, salen, se frotan, se disparan, se deslizan y, en cualquier caso, terminan en el suelo. Porque todo y todos acaban en el suelo. Suelo difícil de pisar. Suelo que puedes llegar a sobrevolar gracias a la compañía, que ya abusa tanto como tú de ella. Y aún más confusión líquida.
El líquido se evapora y así llega cierto grado de tranquilidad. Dulce tranquilidad pegajosa. Tranquilidad cuya vista empieza a flaquear, cuyos pasos terminan por serpentear. Tranquilidad a cualquier tipo de ritmo, por melódico o estrepitoso que llegue a sonar. Bebida.
El movimiento torna a ser horizontal. Bebida, comida, compañía. Frío. Bebida, comida, compañía y frío. El frío enfría. La compañía calienta. El calor adormenta. Del vertical al horizontal. Dos posturas. Una tercera de última hora. Dormir frío, despertar caliente. Hoy como ayer pero al revés.
Viajar para descansar…



