By Masaco…
By Masaco…
Durante toda mi vida, he tenido la impresión de que podía convertirme en una persona distinta. De que, yéndome a otro lugar y empezando una nueva vida, iba a convertirme en otro hombre. He repetido una y otra vez la misma operación. Para mí representaba, en un sentido, madurar y, en otro sentido, reinventarme a mí mismo. De algún modo, convirtiéndome en otra persona quería liberarme de algo implícito en el yo que había sido hasta entonces. Lo buscaba de verdad, seriamente, y creía que, si me esforzaba, podría conseguirlo algún día. Pero al final, eso no me conducía a ninguna parte. Por más lejos que fuera, seguía siendo yo. Por más que me alejara, mis carencias seguían siendo las mismas. Por más que el decorado cambiase, por más que el eco de la voz de la gente fuese distinto, yo seguía siendo el mismo ser incompleto. Dentro de mí se hallaban las mismas carencias fatales, y esas carencias me producían un hambre y una sed violentas. Esa hambre y esa sed me han torturado siempre, tal vez sigan torturándome a partir de ahora.
En cierto sentido, esas carencias, en sí mismas, son lo que soy…
Este toque agridulce que se apodera de cada uno de todos los órganos que forman mi cuerpo me pone los pelos de punta. Una melodía que me marca lo que sale y entra en mí y que rige mis causas y sus consecuencias. Quizás no tenga solución y es que a lo mejor nunca existió la posibilidad de tenerla. Quizás todo sea porque así es como tiene que ser y si fuera de otra manera sería terriblemente peor.
La otra noche jugaba la selección y desee que eso me bastara. Tampoco me fue suficiente la otra opción que me ofrecía vida privada de gente que no conozco en persona ni me interesa conocer. Yo quiero mucho más. Lo exijo y siempre pretenderé exigírmelo. No son casuales los coches que al salir del garaje cada mañana entorpecen el paso a los peatones, y yo lo sé. Y seguramente nadie los haya escuchado, pero junto al metro oigo cómo navegan los delfines aunque por mucho que me asome a la ventana sólo vea lo oscuro que está todo ahí fuera. ¿Pero a quién le importa todo esto? Si el metro tuviera dos ruedas, seguro que tardarían poco en robarlo.
Mientras tanto mis dientes avanzan, se hacen hueco. Luchan unos contra otros para ocupar mejor sitio. Y yo lo único que saco de todo esto es el roce que me provocan en mi tímida lengua. Tímida y cansada de no saber articular las palabras adecuadas. Y esta vez que parezco estar muy dispuesto a hacerlo, no estoy seguro de que merezca la pena lo que pueda llegar a pronunciar. Pero, por poco que tenga que decir, siempre intentaré vocalizar lo máximo posible, de eso no tengo duda.
Como mínimo me sirve para detectar este sabor agridulce…