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MES: 06/2008

By Masaco

     Durante toda mi vida, he tenido la impresión de que podí­a convertirme en una persona distinta. De que, yéndome a otro lugar y empezando una nueva vida, iba a convertirme en otro hombre. He repetido una y otra vez la misma operación. Para mí­ representaba, en un sentido, madurar y, en otro sentido, reinventarme a mí­ mismo. De algún modo, convirtiéndome en otra persona querí­a liberarme de algo implí­cito en el yo que habí­a sido hasta entonces. Lo buscaba de verdad, seriamente, y creí­a que, si me esforzaba, podrí­a conseguirlo algún dí­a. Pero al final, eso no me conducí­a a ninguna parte. Por más lejos que fuera, seguí­a siendo yo. Por más que me alejara, mis carencias seguí­an siendo las mismas. Por más que el decorado cambiase, por más que el eco de la voz de la gente fuese distinto, yo seguí­a siendo el mismo ser incompleto. Dentro de mí­ se hallaban las mismas carencias fatales, y esas carencias me producí­an un hambre y una sed violentas. Esa hambre y esa sed me han torturado siempre, tal vez sigan torturándome a partir de ahora.

En cierto sentido, esas carencias, en sí­ mismas, son lo que soy

     Este toque agridulce que se apodera de cada uno de todos los órganos que forman mi cuerpo me pone los pelos de punta. Una melodí­a que me marca lo que sale y entra en mí­ y que rige mis causas y sus consecuencias. Quizás no tenga solución y es que a lo mejor nunca existió la posibilidad de tenerla. Quizás todo sea porque así­ es como tiene que ser y si fuera de otra manera serí­a terriblemente peor.
     La otra noche jugaba la selección y desee que eso me bastara. Tampoco me fue suficiente la otra opción que me ofrecí­a vida privada de gente que no conozco en persona ni me interesa conocer. Yo quiero mucho más. Lo exijo y siempre pretenderé exigí­rmelo. No son casuales los coches que al salir del garaje cada mañana entorpecen el paso a los peatones, y yo lo sé. Y seguramente nadie los haya escuchado, pero junto al metro oigo cómo navegan los delfines aunque por mucho que me asome a la ventana sólo vea lo oscuro que está todo ahí­ fuera. ¿Pero a quién le importa todo esto? Si el metro tuviera dos ruedas, seguro que tardarí­an poco en robarlo.
     Mientras tanto mis dientes avanzan, se hacen hueco. Luchan unos contra otros para ocupar mejor sitio. Y yo lo único que saco de todo esto es el roce que me provocan en mi tí­mida lengua. Tí­mida y cansada de no saber articular las palabras adecuadas. Y esta vez que parezco estar muy dispuesto a hacerlo, no estoy seguro de que merezca la pena lo que pueda llegar a pronunciar. Pero, por poco que tenga que decir, siempre intentaré vocalizar lo máximo posible, de eso no tengo duda.

Como mí­nimo me sirve para detectar este sabor agridulce…