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MES: 05/2008

     He aquí­ quien cada dí­a madruga tanto como todos aquellos con quien se cruza. He aquí­ quien con más o menos ganas avanza hasta su destino, el de cada mañana. He aquí­ quien si pierde el primero, pierde el segundo. He aquí­ quien comparte desplazamiento con sus conocidos relativos. He aquí­, estamos aquí­.
     En el elefante amarillo que transporta sus parásitos. Parásitos que sin más existen, felices de ello y tan orgullosos como indefensos. De ojos entreabiertos y oí­dos espabilados. De bocas torpes y cerebros dormidos.
     He aquí­ las ansias de los despiertos. Las ganas de quienes no tienen otra que el ritual de ocupar la misma plaza, saludar y despedir a los mismos incluso en silencio y abandonar al resto llegado el momento.

He aquí­ yo, y todos los demás…

     Dentro de mí­ hay una fiesta en la que todo el mundo está de acuerdo con la música que escuchan y a cada uno le da por hacer lo que más le apetece. Hay gente bailando, gente charlando, otros prefieren simplemente mecerse solos mientras piensan con la mirada perdida sobre cualquier pensamiento positivo que les llega espontáneamente a la cabeza. Todos están viviendo sensaciones que les llenan. Todos definen el ambiente como más les conviene para llegar a estar tan cómodos como no recuerdan haber estado nunca. Todos disfrutan. Dentro de mí­ hay una de esas fiestas que ocurren muy pocas veces en la vida y que seguro que a nadie le importarí­a que nunca terminara.
     Pero dentro de mí­, al mismo tiempo y en otro contexto, hay un ambiente que bien podrí­a parecerse al de un velatorio. Donde las penas son más que problemas, y cualquier problema produce una nueva pena. Donde parece que cualquier tiempo pasado fuera mejor, aunque los recuerdos tampoco sirvan para sentirse orgulloso de uno mismo. Todo es oscuro. Sólo hay motivos negativos por los que perder las ganas de todo. Dentro de mí­ todo parece irremediable y no hay ningún ápice de esperanza por lo que vendrá.
     Y así­ conviven dentro de mí­. Los unos manchan de alegrí­a sus penas y los otros están presentes subconscientemente en las alegrí­as de los unos. Y todo va y viene. Todo sube y baja. Y el mareo es constante. Y las conclusiones inexistentes. Y los resultados incoherentes. Dentro de mí­ hay motivos para pedir perdón por existir, tantos como para seguir aupándome hasta superar lo insuperable.

Dejo constancia…

By Apparat

     No recuerdo bien mi vida en 1995. De eso ya hace trece años y por aquel entonces yo era una versión aún más joven de mí­ mismo. Inconsciente como toca a esa edad pero lo suficientemente curioso para contrarrestar mi inocencia.
     1995 fue el Año Internacional de la Tolerancia según la ONU. Un año en el que Miguel Indurain ganó su quinto Tour de Francia de forma consecutiva, algo que no habí­a conseguido nadie antes y supongo que nadie habrá superado hasta ahora. Un año en el que la folclórica que nos pidió una peseta a cada español, Lola Flores, murió, dejando tanta “pena, penita, pena” en el ambiente que su hijo, Antonio Flores, no pudo más que ir en su busca al otro mundo 14 dí­as después. Un año en el que en España se estrenaba “El dí­a de la bestia” y, a nivel mundial, el 3D conquistaba el cine y a los espectadores con “Toy Story“.
     El caso, como decí­a, es que era joven. Sí­, de eso no cabe duda. Supongo que harí­a lo que la gente de esa edad. Ir al colegio, ver la tele, merendar sandwiches de nocilla y considerar importante lo que con el tiempo perderí­a su valor. Como todos. Y visto así­ y desde la presunta madurez que otorga el relativo paso del tiempo, me siento a años luz de aquella época. Identificado simplemente por ser la causa pasada de las consecuencias presentes, pero poco más.
     Pero ahora hago doble click sobre una lí­nea en mi TFT y recuerdo de golpe y porrazo todos los momentos en los que apretaba el botón de play del walkman para escuchar lo que también hoy he escuchado. ¿Cómo es posible que me siga sintiendo identificado con lo mismo que ya lo consiguió cuando yo era lo que no creo ser ahora? ¿Cómo es posible que también se adapte a lo que soy hoy e incluso más que nunca? ¿Cómo es posible viajar al pasado sin ni siquiera haberlo intentado?

Son los efectos de esta pequeña pastilla dentada

     Esta mañana mientras me duchaba se ha ido la luz y, lejos de sentirme totalmente desprotegido, he deseado que no volviera. Porque vivirí­a los dí­as como noches. Protegido por la oscuridad, donde todos los gatos son pardos. Animales, personas y cosas que no se ven, pero se sienten como presencias que son. Donde el primero, segundo, tercero y todos los demás no responden a ningún orden sino al simple género de los ordinales.
     La oscuridad me ilumina. Vivir, sí­, muchí­simo, pero en la oscuridad. No se trata pues de un pensamiento gótico sino de un concepto mucho más platónico.
     Porque no necesito ver para creer. Verte para quererte. A penas tocarte para sentirte. Y esta oscuridad, esta lejaní­a y este abismo lo comparto con todo el que esté dispuesto a guiarme con su aura propia. Hasta el final de la oscuridad, donde se abre la brecha que te lleva al dí­a. Pero no al que comienza hoy, sino a la mañana que amanece una vez para ya no volver a anochecer nunca más.

Pero la corriente electrica, que no la luz, volvió