Ella me miró y me conquistó aún siendo consciente de que esa mirada tierna iba dirigida a quien realmente le interesaba y quien estaba posicionado justo a mi espalda. Ella se despidió y en su lugar quedó otra a quien descubrí­ mirándome cuando estaba distraí­do. Entonces apartó la vista. Yo pronto encontrarí­a dónde perder la vista hasta el momento que la volví­ a mirar y volvimos a cruzar la mirada. Ella actuó automáticamente y esta vez la desvió hacia su derecha, mirando a través de la puerta. Yo también decidí­ mirar hacia mi derecha, a través de la ventana. Y allí­ estaba él. Le vi cómo intentaba intuir su reflejo en el cristal. Algo que todos hemos hecho olvidando que al otro lado hay alguien. Lo hacemos. Estamos frente a alguien y aunque tenga en frente un cristal siempre intentamos usarlo de espejo para vernos a nosotros mismos. Pero el parecí­a satisfecho con su perfil, con su imagen.
     Y entonces aquello arrancó y así­ murió un momento que todos callamos y nadie valoró. Porque quizás no hiciera falta hablar nada. Porque quizás no mereciera valor alguno.

En segundos pensaba en la lentitud del tiempo cuando esperas algo