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MES: 05/2008

     Ella me miró y me conquistó aún siendo consciente de que esa mirada tierna iba dirigida a quien realmente le interesaba y quien estaba posicionado justo a mi espalda. Ella se despidió y en su lugar quedó otra a quien descubrí­ mirándome cuando estaba distraí­do. Entonces apartó la vista. Yo pronto encontrarí­a dónde perder la vista hasta el momento que la volví­ a mirar y volvimos a cruzar la mirada. Ella actuó automáticamente y esta vez la desvió hacia su derecha, mirando a través de la puerta. Yo también decidí­ mirar hacia mi derecha, a través de la ventana. Y allí­ estaba él. Le vi cómo intentaba intuir su reflejo en el cristal. Algo que todos hemos hecho olvidando que al otro lado hay alguien. Lo hacemos. Estamos frente a alguien y aunque tenga en frente un cristal siempre intentamos usarlo de espejo para vernos a nosotros mismos. Pero el parecí­a satisfecho con su perfil, con su imagen.
     Y entonces aquello arrancó y así­ murió un momento que todos callamos y nadie valoró. Porque quizás no hiciera falta hablar nada. Porque quizás no mereciera valor alguno.

En segundos pensaba en la lentitud del tiempo cuando esperas algo

     Me da por hacerme preguntas. Me cuestiono cómo serí­a yo mismo sin la boca que me permite hablar. Qué serí­a de mí­ si no pudiera exteriorizar oralmente lo que pienso. Me cuestiono qué me pasarí­a si no tuviera manos con las que tocar, con las que hacerme una idea fí­sica de lo que me rodea. Con las que aportar algo más que lo que mi pobre boca expresa y no es suficiente.
     Me asusta pensar que no tuviera la posibilidad de sentir roces, de diferenciar texturas o de caminar por donde los pies no pisan. Igual que si no tuviera las propias piernas con las que desplazarme allá donde me proponga o los pies que me permiten estar de pie al cansarme de estar sentado.
     Â¿Y si no pudiera reconocer sabores? Si todo me resultara igual al gusto. O si no percibiera los olores y así­ me perdiera los mejores o los más personales. Todo serí­a tan igual que las posibilidades se reducirí­an al extremo.
     Finalmente quedarme ciego y no ver lo que tengo delante. Que mis ojos no me ofrezcan el placer de mostrarme lo que existe fí­sicamente para poder interaccionar con ello. Perderme los mejores paisajes y cualquier belleza por relativa que sea. Y, peor aún, que el oí­do no me permitiera escuchar ni lo que me llega a gritos. Oí­r sólo mi propio silencio y quedarme aislado en él; sin disfrutar de melodí­as rí­tmicas o narradas. Fomentando a que todo fuera un sinsentido.

Y mi última pregunta ahora es si realmente notarí­a el cambio…

     Tanto él como ella tuvieron motivos para no estar convencidos. Se trata de casos independientes pero coincidentes, ya que ninguno de los dos llegó a reafirmarse en sí­ mismo al pensar que no tení­a motivos suficientes para sentirse absoluto.
     Esto mismo fue lo que hizo tanto a él como a ella preocuparse por intentar entender por qué esas carencias, esos defectos y esos pensamientos que, más que impedir nada, sólo eran estorbos para conseguir metas cuanto menos naturales.
     Y así­ tanto él como ella llegaron a sentir que iban por el buen camino, que actuaban en consecuencia a sus conclusiones y se sentí­an orgullosos aún siendo los únicos testigos fieles y sinceros en comprobarlo.
     Pero llegó un momento en el que esos logros alcanzados tanto por él como por ella quedaron a un margen mientras estaban ocupados en otros quehaceres. Lo que les habí­a costado un esfuerzo, se fue diluyendo como un simple efecto de un descuido progresivo. Siguieron adelante sin darse cuenta de que aquello cada vez se veí­a más pequeño y borroso.
     Un dí­a en el que tanto él como ella tuvieron algo de tiempo para pararse y reflexionar fue cuando se dieron cuenta de lo ocurrido, de la pérdida, de la estupidez. Lo que ya habí­an superado, les habí­a vuelto a superar a ellos. Y eso les hizo sentir algo tontos, algo inútiles y algo arrepentidos.

Conscientes de ello, tanto él como ella deberán actuar

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     Todas estas opciones son totalmente compatibles entre ellas sin necesidad de que sean contraproducentes para su organismo. Para más información consulte las instrucciones que acompañan los productos. í‰stos y muchos otros son los remedios que ofrecemos. Como verá, hay soluciones para todo así­ que no dude en consultarnos.

Le recordamos que la supervivencia ya no depende de nosotros…

     No sé por qué pero tengo la impresión de que debí­ ser esa clase de niño que llora por cualquier tonterí­a, cuando en realidad lo hace porque simplemente está agotado y ni él mismo es consciente de que está escondiendo el verdadero motivo.
     En caso de haber sido así­, creo que ese niño sigue de alguna manera dentro de mí­. Pero cuando te crees un adulto lo ves claro. La calle, sobre todo por la tarde, está llena de lloricas. Gente que a su edad sollozan de cualquier manera porque no quieren lo que tienen o quieren lo que no tienen. Es fácil también encontrar el gemido del dolor de aquel que primero consulta a los de su alrededor para calcular en qué intensidad le debe doler según quién esté presente y su reacción al respecto. O cómo olvidar el llanto vací­o del que sólo pretende llamar la atención con cualquier excusa.
     Qué fácil es gimotear. Tan fácil como creemos que es la vida de un niño. Tan fácil como no querer dejar de serlo. Tan fácil como evitarlo a toda costa y ni darse cuenta. Tan fácil como seguir siendo un llorica por no querer lo que se tiene o no tener lo que se quiere; o por un dolor relativo; o, peor aún, simplemente por llamar la atención.

Es el peligro de haberse quedado atrapado en el niño, y no al revés…