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MES: 04/2008

     Hoy catalogo los desplazamientos en todas sus variantes que se me ocurren y me doy cuenta de que lo único que comparten es la importancia de su existencia. Porque aún no podemos hacer eso de ponernos dos dedos en la frente, pensar donde queremos ir y aparecer en el lugar deseado. No. Ni tampoco tenemos una puerta más o menos artesanal que traspasándola nos lleve a nuestro destino.
     Por eso nos desplazamos constantemente. Las mañanas se convierten por lo general en recorridos multidireccionales en los que a diario terminas desplazándote en paralelo a varias decenas de personas que no conoces ni conocerás nunca, pero bien que las reconoces cada vez que les ves. Y las tardes, por contra, suelen estar plagadas de los recorridos inversos que llevan a cada uno al punto de partida de la mañana siguiente.
     Pero esos no son mis desplazamientos favoritos, ni mucho menos. Nos desplazamos dentro de nosotros mismos, independientemente del comportamiento fí­sico de nuestro cuerpo. Nos desplazamos para ser mejores o intentarlo. Nos desplazamos para evitar lo que no queremos que ocurra. También otros nos desplazan dulcemente haciéndonos cambiar casi sin ofrecer resistencia. Y a veces ocurre todo lo contrario y nos sentimos desplazados.
     El movimiento es inevitable. Y necesario. Es nuestra historia interminable en la que escribimos lo que somos en base a lo que hacemos. Una historia en la que, también en esta ocasión, la Nada puede apoderarse de nosotros hasta consumirnos y hacernos formar parte de su abismo. Y frente a ello cada cual actúa de una manera porque, aunque el planeta se desplace como nosotros hacia su frente y al mismo tiempo en base a sí­ mismo, con eso no basta.

Hoy me desplazo kilómetros al sur hasta el domingo, hasta pronto…

     En dí­as, horas, minutos y en cualquier instante puedes llegar a miles de conclusiones. Pero no basta con eso, siempre es necesario pararse y recapitular. “Asimilar. Es importante asimilar lo que vamos aprendiendo. Asimilar y acumular“. Si no, poco tiene sentido.
     Yo hoy digo que la danza tiene por naturaleza algo de pornográfico. La belleza del movimiento de los cuerpos genera placer a quien lo observa y, además, se trata de un placer completo. El bailarí­n o bailarina se exhibe deslizándose en el espacio, lo acaricia, y cuando transmite esa sensibilidad es cuando el espectador siente que le place. Ocurre con otras artes, es cierto, pero en ésta es el cuerpo el protagonista absoluto y su espectacularidad radica en sus posibilidades, como también acontece en el sexo.
     Y sí­, peco de ir siempre más allá de ese punto en el que lo más sencillo es echar el ancla, pero no me duele, no me molesta y menos me importa. Siempre y cuando, claro, la siguiente conclusión no sea que rebasar ese estandar signifique desorden y conclusiones incompletas. Y hoy lo pensaba y comentaba: “siento que estoy caminando por una cinta deslizadora tí­pica de aeropuertos o metros con largos pasillos. Como andar sobre algo que ya está en movimiento y además pretender observar con detalle lo que hay en las paredes”.

Y entonces me preparo para frenar lo menos drásticamente posible…

     Me despierto tumbado y camino para sentarme. Estoy sentado mientras como, mientras descomo, mientras leo, frente al ordenador, cuando estudio, cuando espero e incluso también cuando me desplazo. Y todaví­a al descansar me quedan ganas de estar sentado.
     De repente desconecto mientras los ruidos, voces y demás sonidos bajan decibelios y pasan a ser el hilo musical de mis pensamiento. “Ey, aprovecha este momento de ya monótono y aburrido reposo para reflexionar”, y entonces comienzo a pensar. Todo lo que me rodea en ese espacio me resulta borroso porque mi foco soy yo y la luz que en ese momento desprendo deslumbra lo demás. Me gusta, me siento ligero. Medito.
     Muy pronto llego a una conclusión. Puedo pensar en tantas cosas… y no se me ocurre nada más que que no quiero estar en ese lugar ni en ese momento. Todo a pesar de no haber pensado otra alternativa mejor. Al menos sé lo que no quiero. Aunque quizá no sea suficiente. “¿Por qué todos los temas que se me ocurren son o demasiado banales o demasiado abstractos o demasiado concretos? ¿Cómo?, ¿es que existen otras posibilidades?”.
     Vuelvo en mí­. Vuelvo a estar en ese lugar y vuelvo a actuar como toca en ese ahí­ y ese ahora. Soy un buen chico y por el momento me compensa. Quién sabe hasta cuándo. Lo leí­ esta mañana, sentado, y volví­ a pensar en que el jodido Galeano volví­a a dar en el clavo con su pasaje “La pálida”:
     ”Mis certezas desayunan dudas. Y hay dí­as en que me siento extranjero en Montevideo y en cualquier otra parte. En esos dí­as, dí­as sin sol, noches sin luna, ningún lugar es mi lugar y no consigo reconocerme en nada, ni en nadie. Las palabras no se parecen a lo que nombran y ni siquiera se parecen a su propio sonido. Entonces no estoy donde estoy. Dejo mi cuerpo y me voy, lejos, a ninguna parte, y no quiero estar con nadie, ni siquiera conmigo, y no tengo, ni quiero tener, nombre ninguno: entonces pierdo las ganas de llamarme o ser llamado”.

Lo intenté pero no pude expresarlo así­…

     Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico dí­a llueva de pronto la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
     Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
     Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
     Que no son, aunque sean.
     Que no hablan idiomas, sino dialectos.
     Que no profesan religiones, sino supersticiones.
     Que no hacen arte, sino artesaní­a.
     Que no práctican cultura, sino folklore.
     Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
     Que no tienen cara, sino brazos.
     Que no tienen nombre, sino número.
     Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
     Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

“El libro de los abrazos”, Eduardo Galeano

     Un dí­a te advierten de que estás viviendo una experiencia bucólica y en ese momento te das cuenta de que realmente no tienes muy claro ese concepto, pero el caso es que no puede ser malo cuando lo que sientes es tan agradable. Y en ese instante tu cerebro funciona de forma paralela a ese pensamiento. Lo interrelaciona con millones de cosas que tú mismo no puedes asimilar instantáneamente pero que en algún lugar de ti quedan registradas para que vayan floreciendo poco a poco y despertando así­ nuevas sensaciones a raí­z de lo acumulado y frente a cualquier estí­mulo que te ataque los sentidos.
     Te sientes bien en ese paisaje bucólico y aunque no estés seguro de lo que significa. Y sientes que quieres pertenecer a él aunque sea el opuesto al que sustenta tu vida cotidiana. Todo a pesar de todo. Te llena. Te satisface. Te relaja y a la vez te excita y recarga. Quizás porque es de donde venimos originariamente, sin más atrezzo que lo que has ido formando artificialmente dentro de ti y que hace que te estés planteando esto mismo.

Entonces, ¿el bucólico nace o se hace…?