Hoy catalogo los desplazamientos en todas sus variantes que se me ocurren y me doy cuenta de que lo único que comparten es la importancia de su existencia. Porque aún no podemos hacer eso de ponernos dos dedos en la frente, pensar donde queremos ir y aparecer en el lugar deseado. No. Ni tampoco tenemos una puerta más o menos artesanal que traspasándola nos lleve a nuestro destino.
Por eso nos desplazamos constantemente. Las mañanas se convierten por lo general en recorridos multidireccionales en los que a diario terminas desplazándote en paralelo a varias decenas de personas que no conoces ni conocerás nunca, pero bien que las reconoces cada vez que les ves. Y las tardes, por contra, suelen estar plagadas de los recorridos inversos que llevan a cada uno al punto de partida de la mañana siguiente.
Pero esos no son mis desplazamientos favoritos, ni mucho menos. Nos desplazamos dentro de nosotros mismos, independientemente del comportamiento físico de nuestro cuerpo. Nos desplazamos para ser mejores o intentarlo. Nos desplazamos para evitar lo que no queremos que ocurra. También otros nos desplazan dulcemente haciéndonos cambiar casi sin ofrecer resistencia. Y a veces ocurre todo lo contrario y nos sentimos desplazados.
El movimiento es inevitable. Y necesario. Es nuestra historia interminable en la que escribimos lo que somos en base a lo que hacemos. Una historia en la que, también en esta ocasión, la Nada puede apoderarse de nosotros hasta consumirnos y hacernos formar parte de su abismo. Y frente a ello cada cual actúa de una manera porque, aunque el planeta se desplace como nosotros hacia su frente y al mismo tiempo en base a sí mismo, con eso no basta.
Hoy me desplazo kilómetros al sur hasta el domingo, hasta pronto…


