íšltimamente siempre termino llegando a conclusiones que me llevan al mismo concepto, el miedo. Parece ser que lo que ha ocurrido y lo que ocurre en mi vida y en las respectivas de los que me rodean viene siendo repercutido en mayor o menor medida por el miedo.
Una película de terror nos hace pensar en lo vulnerables que somos (y si no es así, es que sólo se trata de un sucedáneo del género). Incluso cuando alguien nos sorprende violentamente sin haber sido visto hasta ese momento, nos asustamos y pensamos en la estupidez de nuestro acto en base a las consecuencias que existen más allá de nuestros reflejos.
Pues bien, esos son ejemplos básicos y casi cotidianos del poder del miedo sobre nosotros. Pero resulta que a todos nos frena algo; cualquier cosas que nos suponga un reto, cualquier situación a la que no estemos acostumbrados, cualquier momento en el que tengamos pocas posibilidades de demostrar lo que en otras circunstancias seríamos capaces de hacer sin problemas o, en definitiva, cualquier actitud que creamos que repercutirá en la manera en la que el resto nos mira y juzga.
Pero, entonces, ¿el miedo es intrínseco en el ser humano? ¿Hay forma de evitarlo? ¿Algún modo de curarlo? ¿Merece la pena? Creo que, aunque se contradigan, la respuesta a todas las preguntas se resumen en sus correspondientes síes. Digamos que existe en nosotros como quien tiene más o menos pelo. Esta metáfora me sirve además para ir más allá y nombrar las posibilidades de peinado que tiene quien mejor o peor se cuida su cabello.
Sin duda, uno se siente mejor cuando piensa que controla sus miedos. Y más aún cuando se da cuenta de que es cierto y que las consecuencias siempre son positivas por partida doble: una por el simple hecho de haber sido capaz de superarlo y otra por la libertad que viene necesariamente dada al haberlo conseguido.
Porque nuestra libertad es lo que le ganamos al miedo…

