Hay dí­as que no esconden nada especial. Esos dí­as en los que te levantas tarde simplemente porque sabes que estar en la cama es mucho más apacible que estar buscando y decidir qué hacer, aunque exista toda una lista de cosas pendientes y un interminable elenco de posibilidades por descubrir.
     Son dí­as para finiquitar temas burocráticos, cortarse el pelo, hacerse fotos, ver una pelí­cula u otras muchas ocupaciones más o menos voluntarias y apetecibles. Pero también son dí­as en los que nada te parece suficiente. Son dí­as en los que sabes que sólo estás preparándote para lo que vendrá pero aún así­ sientes la necesidad y las ganas de calentar para no tener que comenzar a correr en frí­o.
     Y es que cargo con un defecto de fábrica: me despisto un momento y me vuelvo ocioso. No me gustan esas cintas transportadoras que te hacen ver como va quedando todo atrás sin que tú muevas las piernas. Hay otras muchas cosas que no me gustan. Y seguramente haya muchas más que me gusten. Mientras tanto aquí­ estoy, quieto y sin que nada me mueva hasta que yo mismo lo decida.

Son dí­as de transición…