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MES: 01/2008

     Sólo hay un sitio en el que la edad media de los asistentes se aproxime tanto a la de un centro de la tercera edad: un ambulatorio. De hecho podrí­an ser casi sinónimos si no fuera por el diferente destinatario de los visitantes de menor edad que entran en el centro.
     El olor a productos esterilizantes se mezcla con los pacientes que esperan ser esterilizados aunque sepan que poca esterilización les queda ya más que la que la propia naturaleza les ha brindado al llegar a cierta edad. Con movimientos lentos, intentan hacerse paso rápidamente entre los demás. Con el aspecto de no entender nada, intentan demostrar todo los conocimientos adquiridos durante su largo currí­culo. “Bueno, pues ya hemos hablado un rato… Total, no tenemos nada mejor que hacer…”, le dijo uno a otro cuando quiso cerrar la primera conversación que habí­a empezado espontáneamente con aquel desconocido.
     Pero no he venido aquí­ para hablar de mi futuro ni el de los demás ciudadanos en edad de merecer. Este es el ambiente general de un escenario en el que ocurren muy diferentes historias. Una podrí­a ser la siguiente: llega un individuo (pongamos que se trata de un individuo cualquiera) y pide un hueco para poder ser atendido a la mayor brevedad posible con tal de recuperar el 50% del sentido del oí­do, puesto que se queja de no oí­r nada desde hace ya dí­as con el oí­do izquierdo. Consigue que le prometan que en algún momento su nombre será pronunciado para que alguien intente encontrar solución a su problema.
     Espera. Nuestro individuo cualquiera espera. Espera y mira a su alrededor. Espera y lee. Espera y habla por teléfono. Espera y observa su alrededor. Espera. Sigue esperando. Espera y manda un mensaje. Espera y sigue leyendo. Espera y finalmente es llamado. Después de esperar durante horas habla con el doctor en una prácticamente unidireccional conversación de a penas un minuto de duración y cuya conclusión es “durante las tres semanas y media que faltan para que el otorrinolaringólogo te atienda, metete un clip en el oí­do y hurga”.

Y luego dudan de los remedios de Txumari Alfaro

     Existe un doctor japonés encerrado en una especie de libro electrónico que me habla del ejercicio. í‰l se centra sobre todo en ejercitar el cerebro y a menudo me da lecciones sobre cómo trabajar más el cortex prefontal y ciertas zonas y lóbulos que conforman lo que viene a ser nuestra materia gris.
     El Doctor Kawashima me cuenta que la edad cerebral idonea es la de una persona de 20 años (supongo que entendiendo que se trate de un joven de esta edad que aproveche al máximo sus posibilidades). También dice que el ejercicio mental diario consigue que nuestro cerebro se mantenga en forma y, por tanto, que actuar pasivamente al respecto hace que el mismo pierda su agilidad y buen estado. Serí­a algo así­ como el acudir regularmente al gimnasio y sus resultados positivos para el cuerpo.
     Yo a mi amigo Kawashima al principio no podí­a tratarle sino con cierto grado de ingenuidad. No se trata de saber sumar y restar, multiplicar, dividir, contar, concentrarse, memorizar, esquematizar y demás. Se trata de ir a contracorriente en el inevitable rumbo de la vida, envejecer. Pero, oye, el tiempo me ha demostrado que esta asalmonada técnica es válida y, más aún, efectiva. Ya no se trata de todo eso, si no de tener mejor base, ganar confianza, ser más ágil y dinámico y todo esto aplicado al dí­a a dí­a, al momento a momento. Y así­ incluso llegaremos a que nuestro cerebro sea más joven de lo que lleva vivido nuestro cuerpo.

Dr. Kawashima, ¿y con el cuerpo qué hacemos?

Una revolución.
Luego una guerra.
En aquellos dos años – que eran
La quinta parte de toda mi vida-,
Yo habí­a experimentado sensaciones distintas.
Imaginé más tarde
Lo que es la lucha en calidad de hombre.
Pero como tal niño,
La guerra, para mí­, era tan sólo:
Suspensión de las clases escolares,
Isabelita en bragas en el sótano,
Cementerios de coches, pisos
Abandonados, hambre indefinible,
Sangre descubierta
En la tierra o las losas de la calle,
Un temor que duraba
Lo que el frágil rumor de los cristales
Después de la explosión,
Y el casi incomprensible
Temor de los adultos,
Sus lágrimas, su miedo,
Su ira sofocada,
Que, por algún resquicio,
Entraban en mi alma
Para desvanecerse luego, pronto,
Ante uno de los muchos
Prodigios cotidianos: el hallazgo
De una bala aún caliente,
El incendio
De un edificio próximo,
Los restos de un saqueo
-papeles y retratos en medio de la calle…

Todo pasó,
Todo es borroso ahora, todo
Menos eso que apenas percibí­a
En aquel tiempo
y que, años más tarde,
resurgió en mi interior, ya para siempre:
este miedo difuso,
esta ira repentina,
estas imprevisibles
y verdaderas ganas de llorar.

Ciudad Cero, íngel González…

     Aún hoy mi cabeza coordina las frases “¿Qué nos traerá el futuro?, ¿quién puede adivinar?” con el ritmillo que abrí­a una de las series de mi infancia. Por aquel entonces yo veí­a mucha televisión y ahora me da la sensación de que casi cualquier cosa. Pero de lo que no estoy tan seguro es de que me preocupara demasiado por mi futuro. Sí­, a veces al oí­r un año tipo 2000 y en adelante pensaba sobre qué serí­a de mi vida. Y, sí­, cuando para algo habí­a que ser mayor de edad, calculaba cuántos años quedaban para que llegara esa fecha. Pero, no, no me planteaba si mi vida entonces irí­a mejor o peor. Por entonces no parecí­a que en mi mundo hubiera cosas por las que preocuparse y aún no conocí­a la otra realidad, la real.
     Es muy fácil decir que de pequeño la vida es muy fácil. Tan fácil como decir de pequeño que la vida no es tan perfecta. El caso es no conformarse. Antes, cuando le dabas a la imaginación, parecí­a que no habí­a dudas sobre que harí­as lo que quisieras y muchas veces era básicamente lo que en ese momento no tení­as permitido o, simplemente, aún no tocaba. Ahora cuando mirás atrás siempre te parecen mejor los recuerdos que lo que esperas que vendrá y si miras al futuro parece que la imaginación se quedó en aquellos tiempos en los que los muñecos se comunicaban entre sí­ y luchaban o se aliaban entre ellos.
     No, ni el futuro me parece tan fácil ni pienso que pudiera vivir toda la vida como en el pasado. Ya no juego con juguetes ni tampoco me apetece. Las batallas y las alianzas ahora las protagonizo yo y para bien o para mal nunca podré adivinar las consecuencias definitivas que tendrán en el futuro.
     El futuro no se conjuga en presente y pocas veces funciona con el pasado aunque aún recuerde momentos y sensaciones, personajes de mis imaginaciones, sabores, olores y un largo etcétera que incluye las letras de canciones de la tele.

“Toma nota nena, seguro que el sol hoy brillará…”

[...]
Todo pasó,
todo es borroso ahora, todo
menos eso que apenas percibí­a
en aquel tiempo
y que, años más tarde,
resurgió en mi interior, ya para siempre:
este miedo difuso,
esta ira repentina,
estas imprevisibles
y verdaderas ganas de llorar.

Ciudad Cero, íngel González…