A través del monitor que tení­a a escasos metros de mí­ estaba prestando atención al congreso de psiquiatrí­a que tení­a lugar un poco más allá. Hablaba Rosa Regí s y me estaba entusiasmando.
     Recomendó “La metamorfosis” de Kafka por si hubiese alguien que no lo hubiera leí­do. Hablaba de cambios y de afrontar a lo que llegamos o lo que nos llega. Explicaba cómo afectan socialmente esas situaciones y las consecuencias que tiene la visión de los demás sobre los cambios en el individuo que cambia.
     Habló de gritos sonoros y mudos de desesperación y gritos que nos ayudan a sentir que podemos asustar cualquier cosa que se nos presente enfrente. Gritos que en cualquier caso marcan el miedo que sufrimos de una manera más o menos controlada.
     Y entonces recordó ese momento que a unos les produce tanto placer cuando en realidad nace del miedo al cambio. Meses dentro de la madre, nunca podremos estar igual de bien arropados y somos conscientes de ello sobre todo en el momento en el que debemos abandonar esa comodidad y tenemos que afrontar el infinito del espacio abierto y todo lo que ocurre en él. Y por eso gritamos. Porque se ha producido un cambio involuntariamente obligatorio. De la comodidad a la incertidumbre.

Y yo seguí­a allí­, observando el infinito de mi alrededor…