Ya estoy en Tokyo. Esta madrugada paseaba por las exageradamente mestizas calles de Honk Kong y en unas horas he llegado a mis correspondientes metros cuadrados de tatami de esta otra gran megalópolis asiática.
     Creo que en total han sido 24 dí­as en China. Una experiencia que no puede ser menos que interesante ni más que lo que no se puede explicar. Ha sido mucho tiempo de aquí­ para allá. Miles de kilometros recorridos (alrededor de unos 10.000 kilómetros…), cientos de personas conocidas y decenas de recuerdos al dí­a para guardar. En China he encontrado varias de las cosas que más me han impactado en mi vida. Una sensación parecida a la que se siente frente a las pirámides de Egipto es la que te cautiva cuando escalas hacia arriba y también hacia abajo la Gran Muralla o cuando intentas no sentirte observado frente a mil y uno de los soldados que, aunque hechos de terracota, te intimidan con sus mil y una miradas distintas. O las montañas al sur que han sido erosionadas en mayor o menor medida durante siglos y siglos para dejarte pasear o navegar entre ellas como si se tratara de grandes dinosaurios que parecen impasibles a tu paso. O esas otras enormes montañas que sabes que no son tan especiales por parecer que sujetan el cielo sino porque durante siglos han sido consideradas como sagradas y por nacer o morir en tierras tibetanas. O incluso lo que parece incompatible y combina lo más tradicional, clásico e incluso arcaico con lo que no se ve ni en esos paí­ses que tanto alardean de luces y sonidos. Shanghai debe ser una de las ciudades más futuristas del mundo, Pekí­n de las más contradictorias, Macau de las que más confunden y Honk Kong… a Honk Kong le queda pequeña la etiqueta de ciudad.
     Y todo eso está en China. Y ya queda atrás en mi camino pero seguro que algún dí­a vuelve a aparecer frente a mí­ (o mejor dicho a la inversa) y para entonces todo tendrá otra connotación aún más interesante.
     Hasta entonces, disfruto de mi orgullo de poder sentirme toquiota y de haber alcanzado una sensación de arropamiento en un lugar tan lejano a todo lo que me deberí­a resultar cercano. Ya me queda demasiado poco tiempo como para no pensar en la próxima oportunidad que pudiera aprovechar para volver…

Capí­tulos y más capí­tulos sin final…