En el último post comenté algunas de las cosas que han ocurrido en todo este tiempo que he estado ausente. Me da la sensación de que cuando no puedes escribir es cuando más tienes que contar… pero supongo que sólo será una sensación.
El caso es que han pasado muchas cosas que se quedarán en el tintero pero no quería dejar pasar una de ellas: la muerte de Joaquín Luqui. No es ninguna broma. Me siento obligado a dedicarle un post aunque sea tarde… si no mi conciencia no me dejaría en paz.
Un día me enteré de que había tenido un accidente y que estaba grave pero poco después lo que supe es que había fallecido. Nunca, por lo menos que yo recuerde, la muerte de una persona que no conocí en persona y que tampoco es que le haya seguido cada día de mi vida me ha afectado tanto. Tuve la sensación de que se iba una persona necesaria en el mundo. Alguien que aún tenía mucho que hacer. Una sensación muy extraña, como si no pudiera haber nadie que a partir de entonces cumpliera su papel.
Parece un tanto ridículo pero lo escribo totalmente en serio. Luqui era un profesional de la materia como pocos. Siempre he envidiado cómo disfrutaba con lo que hacía y eso se notaba en el resultado de su trabajo… Me acuerdo de cuando me duchaba los domingos por la noche, hace años. Le oía con su peculiar voz y su peculiar forma de hablar. Era la forma de dar por finalizada la semana. Si no le oía hablar sobre la música (en general, era de lo que hablaba) esa semana quedaría incompleta para siempre…
Un tanto peculiar pero muy grande…


Muchos programas de la historia de la televisión española como las mamachicho, tómbola y muchos otros han invadido (casi literalmente) nuestros televisores y han dejado en la mente de la sociedad española una gran huella por su calidad. Sí, sí, por su calidad, por su pésima calidad. Son programas que han resistido en parrilla mucho más tiempo de lo que se merecían. Todos han seguido el mismo sistema: comienzan poco a poco y van cosiguiendo audiencia hasta el punto de que la crítica no puede soportar que un contenido tan malo sea visto por tanta gente. A partir de ahí el programa pasa de malo a peor (o de peor a pésimo o, incluso de pésimo a pesimísimo) ya que dejan más de lado aún la importancia de la calidad de los contenidos y se centran en llamar la atención. Llegados a este punto, la esperanza se pierde y ya pensamos que nadie será capaz de quitar esa basura de la parilla-contenedor y que la audiencia cada vez será más lela hasta llegar al punto de no tener ningún tipo de criterio.
Pues bien, todo este preámbulo me sirve para argumentar la alegría que me provoca una noticia: “Sardá abandona Crónicas Marcianas”. Después de 8 años de sufrimiento y pura basura en RGB, el programa más absurdo y vacío de la televisión parece llegar a su fin (por favor, por favor, por favor…). No más locas gritando frases superficiales, no más frikis enseñando su deformidades mentales, no más sexo gratuito… no más Sardá.